Cudillero
No hay un caserÃo como el de Cudillero. Amontonadas en alegre hermandad, cada una de sus casas trepa como le da la gana desde el borde del puerto ladera arriba. La de encima pisa a la de abajo y aquella soporta a una o varias sobre su tejado, en un singular laberinto imposible de interpretar. Tan sorprendente batiburrillo no conoce la menor norma urbana y, visto desde la bocana del puertecillo, parece un montón de fachadas, sin calles ni traseras ni otra cosa que no sean brillantes ventanas y filas de tejas.
Por si fuera poco, cada una luce un color más llamativo que el de la vecina. Si ésta pinta de azul añil su fachada, aquella lo hace de naranja, mientras que la de más allá es de azulejos encarnados. O verdes. Nada de esto parece importar a los de Cudillero. Es más, se muestran radiantes de lo que han levantado sobre la pequeña ensenada, aunque donde de verdad mira esta gente es al mismo lugar que el resto de los marineros de la cornisa: al Cantábrico.
Cudillero se refugia en uno de los pliegues del asturiano monte Vidio. El desorden de la población es aparente y las casas no hacen sino amoldarse a los caprichos de la inverosÃmil topografÃa de este lugar. Aún asÃ, hay sitio para monumentos remarcables, como la iglesia parroquial, la ermita del Humilladero y el Palación, sede del Ayuntamiento.
A la fuerza, los vecinos tienen que ser tan alegres como su pueblo. Alegres y un poco únicos. Cómo definir si no a unos paisanos que llaman a la lonja de pescado rula, que se autodenominan pixuetos y que falan una lengua exclusiva. Lo que no tiene vuelta de hoja es la belleza del caserÃo y la hospitalidad de sus gentes, a las que uno no tarda en acostumbrarse. El tiempo justo en recorrer los estrechos tránsitos, los callejones que separan las casas, encontrar un bullicioso chigre y dejarse iluminar por el resplandor de la sidra escanciada.
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